Marco Pérez firmó este viernes en Lisboa una tarde para la historia en el día de su alternativa, rubricando su doctorado con una obra de precisión, valor y dominio ante un gran toro de Garcigrande que le entregó el triunfo por la vía del toreo grande. El joven torero salmantino cortó dos orejas al sexto, un animal de clase excepcional al que entendió como si llevara toda una vida en el escalafón. Su actuación eclipsó la tarde y lo alzó a hombros en compañía de un Talavante que solo convenció con recursos más teatrales que toreros. Antes, Morante de la Puebla dejó, como es habitual en él, muletazos de primor aunque sin redondez.
La tarde comenzó con un ambiente especial. Morante abrió cartel con su torería habitual, sacando su personalidad en gotas de arte frente a un primero molesto y sin entrega. En el segundo dejó pasajes de suavidad excelsa, aunque el toro terminó desfondado antes de tiempo. El cuarto, más noble que bravo, le permitió algunos instantes de pureza, pero no alcanzó continuidad. En conjunto, dejó detalles memorables que, por sí solos, justifican una ovación.
Talavante, en su turno, encontró en el quinto un ejemplar bravo y emotivo, pero respondió con un toreo despegado, más calculado que profundo. Cortó una oreja a cada uno de sus toros, pero sin terminar de conectar desde la verdad. El público respondió por momentos, pero la faena se apoyó más en recursos que en mando. El resultado fue suficiente para tocar pelo, pero no para marcar la tarde.
El gran momento llegó con Marco Pérez. En el toro de la alternativa, poco pudo hacer: un animal sin transmisión, corto de recorrido y sin emoción. Pese a todo, lo intentó con voluntad y oficio, dejando quites variados durante toda la tarde, como unas navarras y unas tafalleras que ya anunciaban lo que estaba por llegar.
Y lo que llegó fue la apoteosis. Ardiente, el sexto, fue un toro importante. Bravo, exigente, de ritmo sostenido y embestida clara por un lado, y más complicada por el otro. Marco lo recibió con faroles de rodillas y un saludo capotero de gran ajuste. Brindó a su madre y a su hermana, y desde el primer muletazo supo medir, templar y guiar una embestida que pedía toreo con mayúsculas.
Por el pitón derecho logró series de largo trazo, sosteniendo el ritmo sin violencia. Por el izquierdo, donde el toro se lo pensaba más, se impuso con firmeza, tirando del animal con pulso sereno. No hubo un solo momento en que perdiera el temple ni el sitio. Fue una labor de conocimiento, de saber estar, de oficio precoz. Dominó tiempos, alturas y distancias como si llevara cien corridas a cuestas. El público lo percibió y lo premió.
Llegó la hora de matar. Cuadrar al toro no fue tarea fácil: el de Garcigrande se resistía y escarbaba, mientras la plaza contenía el aliento. Marco se mantuvo sereno. Movió, alivió, corrigió. Hasta que encontró el momento y se tiró recto, sin titubeos, dejando una estocada en lo alto que fulminó al animal sin puntilla. La plaza estalló en júbilo. La ovación fue unánime, el clamor rotundo. Las dos orejas volaron al esportón y el torero fue sacado en volandas, entre gritos y pañuelos.
Más allá del resultado numérico, lo de Marco Pérez fue la expresión de una madurez inusual para un torero que apenas inicia su camino. No solo por cuajar al mejor toro del encierro, sino por cómo lo entendió, cómo lo toreó y cómo lo mató. La tarde, marcada por las emociones de un debut y la sombra de una semana difícil en lo personal, terminó convertida en un triunfo legítimo y liberador.
