Manipulación, dominio y hermetismo: cerca de una decena de sectas operan en Salamanca

Manipulación, dominio y hermetismo: cerca de una decena de sectas operan en Salamanca

Actualidad Provincia Salamanca

Un líder ególatra que exige lealtad absoluta, un círculo cerrado con tácticas de persuasión extrema y un daño final inevitable son los ejes para detectar estos colectivos.

Salamanca no representa un escenario atípico ni una situación marginal en el ámbito de los grupos sectarios, afirma Miguel Perlado, psicoterapeuta y experto en dinámicas de abuso con tres décadas de trayectoria profesional.

La urbe charra acogerá en marzo unos encuentros destinados a desmenuzar un problema que, en el imaginario colectivo, suele vincularse falsamente con lugares apartados, mesías estrafalarios o crímenes truculentos. No obstante, la realidad se aleja de ese modelo básico; las organizaciones sectarias actúan con cautela, amoldándose a las necesidades de la época actual, moviéndose de manera estratégica y evitando despertar alarmas incluso en espacios comunes. Estos eventos, que se desarrollan en Salamanca dentro de un itinerario que rota anualmente de localidad, no obedecen a una crisis concreta, sino a una meta definida: difundir el aprendizaje sobre tales agrupaciones allá donde se percibe su rastro. Como, por ejemplo, en Salamanca. No funcionan en redes visibles, reconocibles o catalogables a primera vista como sectas, sino que suelen camuflarse tras gabinetes de terapias alternativas, ofertas de espiritualidad ambigua o proyectos de autosuperación. Siguiendo estos criterios, existen cerca de diez sectas identificadas en Salamanca, a las que se añaden otras que se mueven en el plano digital, lo que dificulta enormemente su seguimiento, rastreo y conteo oficial.

Esto, apunta Perlado, implica que las sectas ya no se caracterizan por una estética específica ni por una doctrina religiosa evidente, sino por sus procesos internos. Un grupo se considera sectario si reúne estas condiciones: un guía carismático y encumbrado al que se le demanda una fe ciega, un equipo muy unido que aplica métodos de persuasión abusiva y una consecuencia final que siempre acarrea perjuicio. Perjuicio mental, afectivo, monetario, corporal o incluso de índole sexual. Cuando esos factores coinciden, el peligro es certero y real, aunque desde el exterior resulte complejo de distinguir. Lo innegable es que este fenómeno ha mutado de forma paralela a la comunidad, convirtiéndose en una especie de rastro de la sociedad contemporánea. Esto se interpreta en que, si bien en los setenta el mensaje era colectivo y político, hoy es individualista y subjetivo. Es decir, todo pivota sobre el bienestar, la vibración, el éxito personal, la energía o la sanación. Estos grupos dominan el entorno social presente y lo usan para atraer adeptos: soledad, falta de certezas, vulnerabilidad emocional y una presión constante por alcanzar la “mejor versión de uno mismo”. Como contrapartida, ofrecen comunidad, identidad y dogmas cerrados en un contexto lleno de interrogantes y miedos. El primer contacto, apunta Miguel, no es ideológico, sino afectivo. Sentirse oído, aceptado, valorado. Lo restante, llega progresivamente. Respecto a Salamanca, se trata de una urbe con una sensibilidad particular. Su masa estudiantil, y sus inherentes y constantes cambios vitales: el paso a la madurez, el traslado de ciudad o las baches íntimos son instantes perfectos para que las sectas activen sus redes de captura; los alejamientos familiares o las etapas de fragilidad son momentos ideales para que tales grupos intervengan. Lo llamativo es que no actúan mediante la amenaza, sino desde la promesa sin urgencias visibles, aunque la exigencia por elegir rápido termina por aparecer. “Es ahora o nunca”, “esta vía no regresará”, “si vacilas es tu orgullo interviniendo”. El léxico varía, pero la estructura es siempre la misma. Uno de los mayores equívocos que permanece fijado en la mente de quienes integramos la sociedad, recalca el profesional, es ligar directamente el concepto de secta con delincuencia. Sin embargo, la mayoría no arranca así porque el camino es pausado, casi imperceptible, una transformación a fuego lento que acaba por borrar su propio inicio. Esto concluye con el afectado convencido de que decidió voluntariamente formar parte de una entidad cuyos cimientos se basan en el engaño. Es por tal motivo que no resulta sorprendente que, en sede judicial, un adulto consiga incluso proteger a su gurú, negando cualquier tipo de coacción sufrida. El deterioro, por ello, muchas veces resulta invisible desde fuera pero, a escala interna, arrasa con todo lo previo. Todo lo aprendido, lo asentado y considerado como válido hasta entonces. Es por esto que cuando alguien consigue abandonar una secta, el choque a nivel emocional suele ser catastrófico: surgen la ansiedad, el terror, la culpa, el pánico, la quiebra de identidad y una sospecha absoluta hacia quienes le rodean e, incluso, hacia sí mismo. Muchos exadeptos, prosigue Perlado, describen un sentimiento de extrañeza, algo parecido a si el mundo funcionara bajo normas extrañas a su propia vida y condición y de algo ajeno. De hecho, el primer ejercicio tras la salida es sumamente delicado y crítico y, por ello, en ciertos casos el dolor resulta intolerable y empuja a la víctima a volver al grupo; no por fe, sino más por descanso ante el vacío. Las jornadas celebradas en Salamanca, mediante charlas de expertos, testimonios de parientes y de individuos que han escapado de estos grupos, pretenden brindar datos, contexto y recursos. La reflexión con la que finaliza Perlado no siempre es agradable, pero puede ser vital para quienes integran, o van a integrar, una secta: sospechar es saludable y pausarse, también. Buscar consuelo en los allegados, atender incluso a quienes dicen verdades incómodas y desconfiar de cualquier invitación que demande resoluciones súbitas o una capitulación total. Porque las sectas no suelen exhibirse como prisiones, sino como hogares.

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