Dos educadores de una institución privada en Salamanca han sido reconocidos entre los finalistas al galardón de mejor docente del país. Ambos comparten aula, vocación y una visión común sobre lo que realmente importa en la enseñanza: formar personas íntegras. Aunque agradecen la nominación, aseguran que su mayor premio lo reciben a diario, en forma de miradas, palabras y aprendizajes compartidos con su alumnado.
Ella imparte materias como Música, Historia y Geografía en niveles de Secundaria y Bachillerato. Él, de perfil más técnico, enseña Matemáticas, Física y Dibujo Técnico. Juntos representan dos estilos diferentes que se complementan en una sinergia educativa que transforma su entorno escolar. La experiencia de ella y la frescura de él han creado un equilibrio que potencia la motivación mutua.
Ambos se enteraron de su nominación mientras viajaban con estudiantes a colaborar en labores humanitarias tras una emergencia climática. En ese momento, compartieron no solo la sorpresa, sino la emoción de ver que quienes los propusieron fueron precisamente sus alumnos. “Eso lo cambia todo”, coinciden. “No se trata de un reconocimiento externo, sino del cariño que se refleja en ese gesto”.
Según explican, los jóvenes que se sumaron a ese viaje solidario eran también algunos de los mejores expedientes académicos del centro. Para los docentes, eso demuestra que la excelencia no se mide solo en notas, sino también en compromiso humano. “Los dieces los puede sacar cualquiera, pero lo que realmente te distingue es la empatía, la entrega y la capacidad de ayudar a otros”, reflexionan.
Consideran que su propuesta educativa va más allá del currículo: enseñar a comunicarse, a escuchar, a formar vínculos sólidos y a sentirse parte de una comunidad. “Queremos que el colegio sea un lugar seguro, donde se sientan en casa, donde aprendan a convivir”, explican. Esa cercanía, dicen, es lo que más valoran los estudiantes.
Ambos coinciden en que, en una época dominada por la velocidad y la tecnología, la educación debe recuperar el contacto directo. “Cuando alguien me pregunta a qué me dedico, suelo responder que deshago nudos y conecto corazones. Los alumnos llegan con historias muy duras, con muchas preguntas, y es nuestro deber acogerlos y acompañarlos”, expresa la profesora.
Considera fundamental reeducar en lo esencial: el diálogo, el tiempo compartido, la mirada atenta. “En casa o con amigos ya casi no se habla cara a cara. Lo virtual nos come el tiempo. Pero lo que realmente sana, lo que realmente forma, es el vínculo humano”. Por eso, dice, cada conversación con su alumnado es un acto de confianza mutua: “Cuando vienen, lo hacen con la vida en las manos. Eso hay que cuidarlo”.
Su compañero de claustro comparte esa visión. Cree que el contacto emocional es la base para lograr un aprendizaje significativo. “Si no estamos conectados con lo que sienten, difícilmente podremos ayudarles en lo académico. Y eso se nota más con las nuevas tecnologías. Hay que enredarse con ellos, estar presente”.
Ambos reconocen que el simple hecho de ser considerados entre los mejores docentes ya es un motivo de orgullo. Ella ha estado antes en la recta final del premio y recuerda con emoción los mensajes de antiguos alumnos que aún hoy mantienen contacto. “Ese cariño es lo que de verdad tiene valor. Lo demás es circunstancial”.
Él, por su parte, ve la nominación como una oportunidad para mirar hacia atrás y evaluar el camino recorrido. “Repasar todo lo hecho a lo largo del año, los proyectos, los logros compartidos, incluso los errores… es parte del aprendizaje. Te permite crecer como profesional y como persona”.
Entre sus planes futuros, están trabajando en la puesta en marcha de un musical escolar. Quieren que sea un proyecto intergeneracional que involucre a varios cursos, con el objetivo de fortalecer los lazos dentro del colegio y potenciar la creatividad. “No se trata solo de un montaje escénico. Es una forma de tejer comunidad”.
Además de su labor con los estudiantes, también dedican tiempo a acompañar a nuevos docentes. Para ella, con más de dos décadas de experiencia, esta tarea es tan importante como dar clase. “No quiero ser una profesora quemada. Prefiero contagiar ilusión que cansancio. Acompañar a los que empiezan es dejar un legado positivo”.
Y concluye con una reflexión que parece una lección final: “Esto va de dos cosas: querer y quererlos. Si no hay afecto, no hay transformación. Y si no hay compromiso, no hay educación”. Para estos dos docentes, la enseñanza es mucho más que transmitir conocimientos: es construir humanidad, día tras día.
